Nuevamente caigo, arrebatada de la razón, en brazos de quien no me pertenece. Si bien soy consciente de cada instante, de cada segundo que me alejo de mi propia voluntad, me siento incapaz de no aferrarme a aquel cuerpo que despierta en mí grandes deseos. Incapaz de sobreponerme al influjo de atracción que se vincula entre tu cuerpo y el mío. Aprieto fuertes los labios. Trato de no entregarme a la ternura que se desprenden de los besos. De las lenguas que juguetean a entrelazarse. Trato de extinguir la creciente excitación que me produce el suave contacto de tu piel.
Juego. Juego a controlar una situación que tiende a controlarme. Juego a estimularte con el fin de conseguir que tu miembro crezca. Juego a provocarte el deseo. A exhalar mi cálido aliento sobre la humedad de mis besos en tu cuello. Me recreo recorriendo tu cuerpo entre besos y caricias. Suavemente paso mis labios sobre los tuyos, provocándote aún más ganas de besarme. Provocándome más ganas de besarte.
Me excita excitarte.
La tranquilidad que poseía mientras contemplaba el atardecer recostada en el asiento del copiloto a unos pocos centímetros de ti... se pierde. Me pierdo. Comienzo a no tener claras mis intenciones. Tú insistes en besarme y yo vagamente en rechazarte .
Te hablo de cuánto deseo ese beso. Te comento, lo poco que lo quiero.
La insoportable levedad del ser. Incapaz de aunar sentimientos y razón. Quisiera quererte tan sólo como tú me quieres. Quisiera que me quisieras como yo te quiero. Pero así, encontrándonos ambos a distinto nivel emocional, ni quiero quererte, ni quiero que me quieras. Porque me hace daño.
Disfruto del primer beso. Sin embargo, el resto se suceden casi mecánicos, incapaz de detenerlos, movida por la naturalidad de un reencuentro entre tu lengua y la mía. Como si ambas tuvieran tantas cosas que decirse,que fueran incapaces de escuchar a los demás. A mi corazón que también habla y comenta lo mucho que le duele esta situación pese a disfrutarla.
Y otra vez... uno de tus desagradables e inoportunos comentarios.
Y después de herirme el alma te justificas antes de perdir perdón.
Aunque de nada servirán tus palabras cuando el daño está hecho, de nada servirá cuando nuevamente te desprecio.


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