Resuenan los recuerdos con voz propia.
La intensidad de las emociones extinguida. La evocación de un pasado afectivo abrupto y lleno de contradicciones.
Había aprendido a escalar montañas; a sobrevivir a altas temperaturas. A vivir sin oxígeno. A no ahogarme entre lagrimas. A resistir vientos y tempestades. A disfrutar las tormentas. Había aprendido a no aferrarme al tiempo, a dejar que fluyan los segundos y se extinga cada estación.
Me formé en sin-sentidos. Cultivé valores que nunca recogí. Empaticé con la debilidad, la tristeza, la depresión, la angustia, el miedo...
Y ahora que soy feliz... me resulta tan insípido... Sin conservantes... sin colorantes...
Cuán pocas palabras hay para describir la dicha.
Vivo atrapada en la tempestad de los pensamientos inconclusos
Que caen como granizo aporreando mi cabeza
Para después derretirse y no dejar nada.
Nada más que el agua de las lágrimas que empapan mis mejillas.
¿Por qué dentro de mí hay alguien que no soy yo que grita?
No quiero escucharla más.
No quiero oír sus quejas, no sus insultos ni sus penas.
No quiero contaminarme de sus pocas ganas de vivir.
"Nuestra sociedad occidental contemporánea, a pesar de su progreso material, intelectual y político, ayuda cada vez menos a la salud mental y tiende a socavar la seguridad interior, la felicidad, la razón y la capacidad para el amor del individuo; tiende a convertirlo en un autómata que paga su frustración como ser humano con trastornos mentales crecientes y una desesperación que se oculta bajo un frenético afán de trabajo y supuestos placeres” [...]"Donde cabe hallar a las víctimas realmente incurables de la enfermedad mental es entre quienes parecen los más normales. “Muchos de ellos son normales porque se han ajustado muy bien a nuestro modo de existencia, porque su voz humana ha sido acallada a una edad tan temprana de sus vidas que ya ni siquiera luchan, padecen o tienen síntomas, en contraste con lo que al neurótico le sucede”. Son normales no en lo que podrían llamarse el sentido absoluto de la palabra, sino únicamente en relación con una sociedad profundamente anormal. Su perfecta adaptación a esa sociedad anormal es una medida de la enfermedad mental que padecen. Estos millones de personas anormalmente normales, que viven sin quejarse en una sociedad a la que, si fueran seres humanos cabales, no deberían estar adaptados, todavía acarician “la ilusión de la individualidad”, pero de hecho, han quedado en gran medida desindividualizados” Aldous Huxley